Cada 24 de abril, el mundo armenio conmemora el genocidio perpetrado por el Imperio Otomano, predecesor de la Turquía actual, que causó la muerte de aproximadamente un millón y medio de armenios. Este día de 1915, conocido como el Domingo Rojo, marcó el inicio de un exterminio planificado que duró hasta 1918.
El inicio del exterminio
El 24 de abril de 1915, el ministro del Interior Talaat Pashá ordenó el arresto de 250 intelectuales armenios. Escritores, clérigos y políticos fueron ejecutados en Ankara, marcando el punto de partida de un plan diseñado por el Gobierno de los Jóvenes Turcos. Este movimiento nacionalista buscaba un imperio exclusivamente turco. Los relatos de la época describen marchas forzadas sin agua ni comida por el desierto sirio. Familias separadas, cuerpos abandonados y ríos teñidos de rojo son parte de la memoria. Mujeres y niñas fueron vendidas, violadas y marcadas.
La memoria en la política actual
La conmemoración del genocidio enfrenta hoy a Armenia con Turquía, e incluso genera divisiones entre los propios armenios. En marzo de 2024, el Gobierno armenio declaró que el reconocimiento internacional del genocidio "no es una prioridad de la política exterior". El primer ministro Nikol Pashinyan cuestionó en enero de 2025 por qué la denuncia del genocidio no surgió antes de la década de 1950. Pashinyan sugiere que Armenia debe "superar el trauma" para avanzar hacia la normalización con Turquía.
Identidad y trauma transgeneracional
Para la mayoría de los armenios, el genocidio es constitutivo de su identidad. Está presente en la lengua, música, cocina y tradiciones, transmitiéndose como un dolor sin palabras. El Instituto Lemkin para la Prevención del Genocidio advirtió que las declaraciones de Pashinyan refuerzan narrativas negacionistas. El sociólogo Maurice Halbwachs señaló que la memoria individual requiere un grupo que la sostenga. Cuestionar su centralidad desde el propio gobierno fractura la conciencia colectiva.
La doctora Claudia Torcomian, especialista en psicología educacional, explica el trauma transgeneracional. Esta inquietud sin causa clara, la necesidad de alerta y la dificultad para confiar se transmiten incluso a través del ADN. Muchos descendientes armenios crecieron en una comunidad marcada por este peso heredado. La politóloga Inesa Nersisyan sostiene que la historia de pogromos y guerras limitó el desarrollo del país. La respuesta armenia es una indefensión aprendida, una forma racional de afrontar la incertidumbre.
La negación como herida abierta
A diferencia de otros genocidios del siglo XX, el caso armenio mantiene una herida abierta: la negación de Turquía. Torcomian describe el mecanismo: primero, la deshumanización de la víctima. Luego, el verdugo niega los hechos, cancelando simbólicamente la historia. Esto impide que las víctimas y sus herederos realicen el duelo. El negacionismo obliga a elegir entre enterrar el trauma o revivirlo sin reconocimiento. Desde una perspectiva psicológica, la víctima no puede recuperarse si el perpetrador no es castigado. La impunidad solidifica la complicidad entre el agresor y quienes avalan su negación.
Henrik Manukyan - El País












